sábado, 10 de noviembre de 2012

CRISTAL


Amanecía en una playa un día.

 Al caminar, un vidrio desgastado
apareció en la arena engastado.

Temí herir mi pie con su osadía.

Con mi mano lo así, pues procedía
sin duda fuera, del suelo retirado.

Imaginé que, en sí, habría formado
de un recipiente, parte. Contendría
en su álgido momento una bebida
que un marino habría trasegado.

Su brillo y su color habían mermado
la acción de la marea y su apatía.

Con acierto supuse que tendría
otro lustre y fulgor al remojarlo.

Con estupor, al darle dicho baño,
reparé, que en su interior había
una pupila azul, córnea y retina.
Un ojo que miraba con descaro.

Iris, tan pronto abierto o cerrado
al compás de la luz que recogía.


Seguro estoy que otra mente podría
sobre esta circunstancia, un tratado
escribir definiendo sin reparo
o haciendo de estos hechos, poesía.

No es el caso, pues quien escribe dicta
-el corazón ya lo habrá adivinado-
que desde que el cristal hube mirado
llevo por ojos, reflejos de otra vida.




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